Causa y Efecto

0
443
Tu donación es importante para seguir trabajando, Gracias!![wpedon id=16551]

Por: Roberto Almaguer Vega

“Quien toma bienes de los pobres es un asesino de la caridad”.  –San Agustín.

.  El insistente sonido del despertador lo sacó bruscamente de sus sueños; eran apenas las seis de la mañana; el cuarto aún estaba en penumbras; era una alcoba espaciosa, alfombrada.

.- El mobiliario era discreto y elegante. Frente a la cama había una televisión de plasma de 60 pulgadas; un tocador de ébano y un amplio espejo marcaban la entrada al vestidor. Apartó las frescas sábanas de hilo egipcio y miró distraído a Lucía, su esposa, que aún dormía plácidamente.

Entró al baño, contempló el jacuzzi con mal disimulado anhelo ¿hace cuánto que no se daba un largo baño caliente? Se bañó y arregló con rapidez. Tenía una reunión muy importante. Dudó un poco entre elegir un traje Hugo Boss en riguroso color oscuro o un Emilio Tucci azul metálico.

Al final eligió el gris. Lo complementó con una camisa de seda italiana color menta y una corbata Ferragamo. Bajó a la cocina donde ya lo esperaba la eficiente ama de llaves con el desayuno acostumbrado: jugo de apio, piña y betabel, media taza de café expreso y un crujiente croissant con aroma a mantequilla. Echó una ojeada a los periódicos. Sonrió.

Le parecía gracioso cómo le llovía candela al presidente. Eso tenía su lado positivo: así casi nadie reparaba en él ni en los manejos que se hacían en su oficina. Subió a su Mercedes AMG. ¿A dónde, señor? –le preguntó, solícito, su chofer. –A la Secretaría, contestó, distraído. De pronto, recordó algo. Sacó su IPhone 7, cortesía de la chamba, y checó la página de su banco.

Una amplia sonrisa le iluminó el rostro: ya había caído la transferencia; 175 mil dólares engrosaban hoy su cuenta. ¡Vientos compadre! musitó de manera casi inaudible. Recordaba el encuentro de apenas hace dos semanas, la comida en el Pujol con su compadre del alma quien, con su tono grandilocuente y dramático de siempre había partido a la mitad un cheque.

“Compadre” le dijo; “te entrego la mitad hoy y la otra mitad te la doy cuando me hayas desatorado ese asunto en la Secretaría… ¿cómo ves? ¡échame la mano, compadre, tú puedes!” Y claro, una cantidad así no era para despreciarse. “Deja ver qué puedo hacer, compadre”, –le había respondido. Y por supuesto que se pudo. Cobrando un favor aquí, moviendo una influencia allá, untando un poquito de dinero acullá. Su compadre había logrado su contrato y él su montón de dólares; todo un ganar – ganar.

Pensó cómo gastaría el dinero; seguro llevaría a Lucía y a los niños a Orlando, tal vez renovaría el coche y, ya entrado en gastos, le compraría a Lizzy, su amorosa secretaria, el hermoso prendedor de zafiros que tanto le había gustado; y por supuesto que también la invitaría a viajar. Aunque con ella prefería ir a Las Vegas… eso haría. Cuando el Mercedes pasó por la caseta de seguridad de la Secretaría apenas sonaban las ocho de la mañana; sonrió. Sería un buen día.

A 800 kilómetros de ahí, en el municipio de Venustiano Carranza, Chiapas, muy cerca de la selva lacandona, otro mexicano se despierta. Andrés, de 11 años de edad, se prepara para ir a la escuela, a media hora de distancia. Las constantes lluvias destruyen sus precarios zapatos y hacen lodosa la terracería, por eso debe salir con buen tiempo.

Su mamá le da de desayunar una tortilla tostada con frijoles negros y un pocillo de café. Su casa, de dos cuartos, en la que se hacinan seis hermanos, sus padres y su abuela, tiene techo de lámina, paredes de adobe y un baño situado en el patio. Poseen algunas gallinas y su papá es jornalero, pero viven en una constante zozobra; a veces la comida no alcanza, a veces las lluvias torrenciales los inundan; a veces algún animal los pica y tienen que ir caminando hasta el centro de salud, a una hora de distancia, frecuentemente cerrado; su casa carece de piso de cemento y drenaje; la luz eléctrica hace poco que llegó. Debido a la mala nutrición Andrés mide 10 centímetros menos que los niños de su edad y no es raro que se quede dormido en la desvencijada aula debido al pobre o inexistente desayuno.

No siempre tiene clases porque los maestros faltan, se enferman o se van. Apenas está en 3ero de primaria y su mayor ilusión es crecer un poco más, trabajar, juntar un poco de dinero e irse a Estados Unidos. Así son sus días, al igual que los de millones de niños mexicanos que viven junto a los ríos, en las cañadas, en la pobreza.

Parece que son dos Méxicos distintos, y lo son. Pero están conectados. Aquel México de los Mercedes, las casas lujosas, los viajes al extranjero, las joyas, la ropa de marca y los jugosos negocios al amparo del gobierno, es causa y raíz de este México que languidece en el lodo y sobrevive en el desamparo. Nunca tantos le dieron tanto a tan pocos. Nunca como hoy la desigualdad fue tan abominable. Nunca había sido tan doloroso ser mexicano.

Comentarios de Facebook
Tu donación es importante para seguir trabajando, Gracias!![wpedon id=16551]

No hay comentarios

Dejar respuesta